enero 12, 2007

Mare Nostrum


Los oídos se hacen sordos a todo lo demás, sólo la música que provoca la danza que tiene lugar en el escenario de enfrente se selecciona y llena más que los oídos, llena la mente y hasta el alma de quien por lo menos ha alcanzado una edad suficiente para tener recuerdos. De lo contrario, si aún el observador está en la etapa más tierna de la vida, este mismo sonido, esta misma visión, de seguro se convertirán en parte de lo que a partir de unos años más le regocije cada vez que se instale a contemplar a todas esas bailarinas vestidas de azul profundo, de turquesa y de los verdes más suaves, o aunque sólo tenga el deseo de estarlo.

Ellas se trenzan en energéticos movimientos destacando sus coronas blancas ante un fondo a veces celeste, a veces gris casi blanco, otras es imposible distinguir el rosa, el naranja y el violeta mezclados con tan majestuosa delicadeza...y cada noche, es simplemente negro y se adorna con numerosas lucecitas blancas que parpadean a lo lejos.

El calor es grande, y bajo los pies se siente esa alfombra que arde, no resiste más hasta que logra llegar al borde y colarse por debajo de todas las danzantes. Entonces se vuelve fría y más abajo ya, donde nuestros ojos no pueden ver, se endurece, al punto de volverse piedra, pero una piedra que esconde secretos de historias ocurridas en un tiempo desconocido, ya sea porque fueron hace un par de meses que parecen siglos o porque el reloj del barco se paró al hundirse y chocar contra esta piedra sobre la que quedó descansando sin que nadie pudiera volver a verlo, ni tampoco a quienes lo consultaban mientras viajaban en nombre de su patria, del placer o del trabajo.

El delfín toca los pies de las bailarinas, salta y cuando ya no lo vemos, la mirada queda perdida en el horizonte, esa línea que nos ha hecho tantas veces creer que el mar y el cielo están unidos, como si fuesen dos trozos de tela prendidos con tantos alfileres como miradas quedan absortas en su límite.

¿Y si el cielo y el mar verdaderamente se juntaran?

Si el cielo se sintiera tocado por los dedos del mar, quizás se enojase y trajera el sol al horizonte. Ya ven, eso ocurre todos los atardeceres, y el sol se apaga cuando el agua de la fuente gigante se enfurece y lo moja.

O no sabemos, puede ser que de noche el ánimo del cielo esté recuperado, y traiga con calma la luna a mirar el mar, la misma que quedó maravillada de su belleza e impresionada por la lucha que se libra haciendo subir la marea. Seguro lo encontró sublime y ya no duda en quedarse por horas y horas contemplándolo hasta que una brasa al principio tímida logra crecer más allá del horizonte y hace que el astro recobre su poder y regrese a dominarlo todo desde allá arriba.