Llegué y fui pisando rápido, con la misma frecuencia que llegaba a mi mente una sensación de cálida blandura. No me atrevía a mirar al frente. Pero cuando llegué al final lo vi observándome de lejos. Era como un secreto, como la vivencia de un placer culpable... Y al pasar al lado mío, el esbozo de su sonrisa hizo innegable en su mirada la complicidad. No lo conozco, pero estoy segura: él sabía todo.
La muerte. El cajón. El cementerio. La poesía. Ya no me acuerdo. Un intento de antipoesía se me atascó en las muñecas, pero no puedo quejarme. Es el mejor ejemplo.
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